domingo, 8 de abril de 2012

Domingo

Los domingos de aquellos años olían a naftalina y betún. El primero porque en las casas todavía habitaba la madera y la ropa no era de poliéster mezclado con no se qué. La lana picaba, cierto, y las mantas servían para tener peso en la cama, más que calor. Ese aroma a betún me hizo pensar que todavía siguen habiendo domingos. Aunque ya no me visto para ir a misa, sino de paseo, a secas, sin más ostias! Ni compro golosinas en la tía preta, que se llama Amalia y es la madre de Raúl, amigo de mi hermano Faustino por quien acabé con un morao al pelearme con un niño que me llamó Faustina por ser la hija de un sastre muy conocido. Sí, el cojo. Aunque yo sólo me fijaba en su bota por ser la más limpia de-todo-Teruel. Los domingos me pedía que se la embetunara y le daba brillo hasta reflejarme, el secreto estaba en darle vaho. Pensaba que si era buena en algo dejaría de revolotear alrededor de la bombilla y ya no temería al alcanfor. Me contaba historias de cuando vivía cerca de las Ramblas y yo soñaba con vivir en Barcelona. Con pasear por sus calles vestida con tocado, medias de raya y guantes, como lo hacía la catalana de Palencia que se fue a Teruel y se casó con el sastre. Quien decía orgullosa que era más seca que agosto y amenazó a mi padre con ver las estrellas cuando él le ofreció enseñarle la luna. Después dejé de ir a la Amalia, la mala prensa decía que por un duro en Dominguín te daban más zanahorias en vinagre. Dominguín, curioso, pasé años creyendo que se llamaba así por el ritual infantil de ir a por golosinas en procesión después de misa. Pero el hijo de Domingo-padre se llamará así aunque ya sea abuelo y deje algún día el quiosco que reparte más adobo por un euro! Porque simpático el hombre... no es. Y a más de un muchacho le ha soltao una chufa por desordenarle las revistas. Vale que eran de "señoritas", de las que tocaban palmas cuando pasabas por el Barrio Chino, cerca de donde vivía mi madre. También ella se ganó algún "coscorrón" por imitarlas de niña. O al menos eso decía al ir a coserse a la Cruz Roja. Y de tanto ir y venir se hizo costurera. Y en un bautizo en la iglesia Sant Pau del Camp conoció al sastre. Y el sastre la reconoció en Teruel y se jugó una caja de cervezas a que conseguiría hablar con la catalana distinguida, de guantes y tocado, más seca que agosto. Todos se rieron de la pobre polilla, el caso es que el sastrecillo valiente la paseó muchos domingos. Y muchos domingos después le brillaban los ojos como zapatos recordando las Ramblas.

2 comentarios:

Sebas T. dijo...

lo de la Luna y las estrellas, me lo apuntaré, que yo lo suelto muy rápido !

Amelie Poulain dijo...

Qué mono es mi astrónomo! :D Muakkks